De Chillán Viejo a Estados Unidos: la profesora que convirtió una beca en una forma de devolverle al país

Rayen, creadora de “La Profe Online”, llegó desde una escuela pública de Chillán Viejo hasta la Universidad de Concepción y luego a Estados Unidos gracias a una beca que, en sus propias palabras, cambió para siempre las posibilidades de su vida. Hoy, desde las redes sociales y el emprendimiento, busca demostrar que la educación no es un gasto: es una inversión social cuyos efectos pueden multiplicarse mucho más allá de una persona.

Hay historias que comienzan mucho antes de que alguien se convierta en influencer.

La de Rayen —sin tilde, como ella misma aclara— comenzó en Chillán Viejo, en una familia de origen humilde, con una madre soltera, dos hermanas y abuelos que ni siquiera habían podido terminar la educación básica.

En su casa había una certeza que se repetía desde pequeña: había que estudiar.

“Me decían siempre: tienes que estudiar”, recuerda.

Estudió en una escuela pública de Chillán Viejo y posteriormente ingresó a la Universidad de Concepción para estudiar Pedagogía en Español. Para su familia, llegar a la UdeC representaba mucho más que obtener un título profesional. Era, dice, “el máximo logro” que habían alcanzado como familia.

Sus primeros meses en la universidad, sin embargo, estuvieron lejos de ser fáciles. Acostumbrada a obtener buenas calificaciones en el colegio, se encontró con notas que llegaron incluso al 2 o 3. Fue entonces cuando apareció una oportunidad que, inicialmente, parecía completamente fuera de su alcance.

Una beca que parecía destinada a otros

Durante su primer año conoció al profesor Omar Salazar, quien le habló de un programa que permitía a estudiantes de Pedagogía viajar a Estados Unidos.

Rayen asumió que ese tipo de oportunidades estaban destinadas a estudiantes extraordinarios. Ella no tenía un gran dominio del inglés y sus notas universitarias tampoco eran sobresalientes. Pero decidió preguntar.

El camino para llegar a esa beca implicaba aprender inglés, mejorar su rendimiento académico y conseguir cartas de recomendación. Incluso tuvo que solicitar una excepción para ingresar a un programa de inglés que, en ese entonces, estaba dirigido principalmente a estudiantes de Medicina e Ingeniería.

“Le dije: si usted me deja entrar a su programa, no la voy a defraudar”, recuerda. Y cumplió.

Durante cuatro años tomó cursos de inglés y consiguió mejorar sus calificaciones. Cuando llegó el momento de postular a la beca, competía contra estudiantes con mejores promedios y mayor dominio del idioma.

Ella misma pensaba que otra compañera tenía prácticamente asegurado el lugar. Hasta que recibió una llamada. Había sido seleccionada. “Te eligieron por tu personalidad”. La respuesta a por qué había sido escogida cambió su manera de entender el éxito. No había sido por tener las mejores notas. Tampoco por hablar mejor inglés. “Por tu personalidad”, le dijeron.

Para Rayen, aquella frase se transformó en una especie de punto de inflexión. Entendió que el desempeño académico es solo una parte de una persona y que también importan el esfuerzo, el entusiasmo, la capacidad de relacionarse y la pasión con la que se enfrentan los desafíos.

Desde entonces, dice, esa idea la ha acompañado en distintas competencias, proyectos y reconocimientos.

Pero la beca significó algo mucho mayor: le abrió una puerta hacia un mundo que, sin esa oportunidad, probablemente nunca habría conocido.

Hoy vive en Estados Unidos, habla inglés, trabaja con universidades, participa en espacios internacionales y dirige una empresa. Y existe una conexión directa entre esa realidad y aquella inversión realizada años atrás.

Cuando una beca se convierte en inversión social

En tiempos en que la discusión pública suele poner el foco en cuánto cuestan las políticas sociales, Rayen propone mirar la pregunta desde otro lugar: ¿qué ocurre cuando una inversión en una persona genera nuevas oportunidades para muchas otras?

Su historia es particularmente significativa porque la cadena no terminó con ella.

Actualmente tiene una empresa en Chile y contrata a personas chilenas. También utiliza sus conocimientos y experiencias para desarrollar proyectos y contenidos que llegan a miles de personas. “Qué mejor manera de cerrar el ciclo”, plantea, que poder recibir una oportunidad y posteriormente devolver parte de ese conocimiento al país.

La metáfora que utiliza es sencilla: plantar semillas.

No todas crecerán de la misma manera. No todas darán frutos. Pero eso no significa que dejar de plantar sea una buena estrategia. “Estaríamos generando una sociedad sin esperanza”, sostiene.

Y quizás ahí está una de las ideas más interesantes de su historia: las políticas públicas no siempre producen resultados inmediatos ni fácilmente medibles, pero eso no significa que no produzcan transformaciones.

De las clases online a “La Profe Online”

Su llegada a las redes sociales también tuvo un origen inesperado.

Durante la pandemia, Rayen comenzó a compartir desde Estados Unidos lo que estaba ocurriendo con sus clases online. Mostraba cómo trabajaba con sus estudiantes, las plataformas que utilizaba y las actividades que desarrollaba para mantenerlos motivados frente a una pantalla.

Primero eran publicaciones para familiares y amigos.

Después comenzaron a preguntarle otros profesores cómo estaba realizando sus clases.

Así nació “La Profe Online”, una cuenta de Instagram desde la que empezó a compartir actividades, juegos, evaluaciones y herramientas para docentes.

Lo que había comenzado como una manera de ayudar a sus colegas terminó convirtiéndose en una comunidad digital.

La profesora que alguna vez llegó a la universidad sin hablar inglés y enfrentándose a notas que no reflejaban su desempeño escolar, ahora utiliza las redes sociales para hacer algo que parece estar en el centro de toda su trayectoria: abrir puertas de acceso al conocimiento.

Educar también es conectar

Su historia, sin embargo, no se queda solamente en las oportunidades individuales.

Durante la conversación aparecen otros temas: la brecha digital que quedó expuesta durante la pandemia, el acceso desigual a la educación, la situación de las personas mayores, la necesidad de generar espacios de participación y los efectos de una sociedad cada vez más atravesada por las redes sociales y la inteligencia artificial.

Para Rayen, muchos de estos problemas tienen un punto en común: la educación.

No entendida únicamente como escolarización, sino como una herramienta para comprender el mundo, desarrollar pensamiento crítico y participar de una sociedad que cambia rápidamente.

Ese desafío se vuelve todavía más relevante en un escenario donde las redes sociales permiten acceder a cantidades enormes de información, pero no necesariamente a las herramientas para distinguir entre información confiable, contenido manipulado y desinformación.

“Ahora los videos se ven reales”, plantea al referirse a los contenidos generados o modificados mediante inteligencia artificial.

Y allí vuelve a aparecer una idea que atraviesa toda su trayectoria: no basta con tener acceso a la información; también necesitamos aprender a interpretarla.

Una historia que sigue creciendo

Rayen llegó a Estados Unidos gracias a una oportunidad que alguna vez creyó que no estaba destinada para ella. Hoy su historia se mueve en sentido contrario: desde Estados Unidos hacia Chile y hacia otros lugares del mundo, a través de sus redes, su empresa y sus proyectos.

Su experiencia no pretende demostrar que todas las personas que reciben una beca tendrán exactamente el mismo resultado. Tampoco que toda inversión pública necesariamente tendrá éxito.

Su argumento es otro: si no existen esas oportunidades, muchas historias ni siquiera tendrán la posibilidad de comenzar.

Porque quizás la verdadera rentabilidad de una inversión educativa no siempre está en lo que ocurre el año en que se entrega una beca.

A veces aparece diez, quince o veinte años después.

En una profesora que enseña.

En una profesional que emprende.

En personas que encuentran trabajo.

En conocimiento que cruza fronteras.

Y en una generación que recibe de vuelta una oportunidad que alguna vez alguien decidió entregar.

La historia de Rayen es, finalmente, una historia sobre eso: sobre lo que puede ocurrir cuando una puerta se abre y alguien decide cruzarla.