En medio de la rutina, el estrés y las exigencias cotidianas, cada vez más personas buscan formas de reconectar consigo mismas. En ese camino, surgen historias como la de Francisca, una mujer de 32 años, madre de dos hijas, que decidió reinventarse y construir un proyecto de vida basado en el bienestar, la naturaleza, la conexión humana y una profunda conciencia por el entorno.
Su historia no comienza en el mundo del yoga ni de las terapias. Estudió Relaciones Públicas y trabajó durante años en entornos tradicionales, desempeñándose como secretaria y luego como community manager durante la pandemia. Sin embargo, nada de eso lograba hacer sentido con lo que realmente buscaba.

“Necesitaba algo que fuera compatible con la maternidad y que me permitiera vivir en armonía”, cuenta. Durante ese período también incursionó en el emprendimiento con una tienda de lencería que tuvo gran éxito. Pero, como muchos negocios nacidos en pandemia, el retorno a la normalidad y la competencia de grandes marcas terminaron por cerrar ese ciclo. Fue entonces cuando comenzó una búsqueda más profunda.
Volver a lo esencial
A partir de procesos personales y aprendizajes vinculados a lo espiritual y lo terapéutico, Francisca encontró en el yoga, las caminatas y el trabajo con mujeres un nuevo propósito. Se formó en distintas disciplinas y comenzó a desarrollar actividades que combinan naturaleza, movimiento y contención emocional.
Así nacen sus trekkings terapéuticos, espacios pensados especialmente para mujeres, donde el objetivo no es el rendimiento físico, sino la experiencia: caminar, respirar, compartir y reconectar.
“Quería mezclar el yoga con la naturaleza, generar espacios de conversación, de contención, de canto… algo más humano”, explica.
Con el tiempo, estas actividades comenzaron a crecer, llegando a convocar a más de una decena de participantes en lugares como la Reserva Nonguén, consolidando una propuesta que hoy combina bienestar, comunidad y territorio.

Desde pequeña ha sentido un fuerte vínculo con los animales y la naturaleza, una conexión que ha marcado profundamente su forma de ver y habitar el mundo. Fue parte de Greenpeace, completó todas sus etapas en el movimiento Scouts —llegando incluso a ser dirigente— y actualmente es voluntaria del Instituto Jane Goodall, donde además se desempeña como monitora del programa Roots & Shoots 2026. Este recorrido refleja un compromiso constante con el cuidado del entorno, integrando el activismo ambiental y animal como parte esencial de su proyecto de vida.
En coherencia con ello, ha integrado una mirada consciente hacia el entorno en todas sus actividades, incorporando el respeto por la naturaleza y los animales como un pilar fundamental de su propuesta. Para Francisca, el bienestar no es sólo individual, sino también colectivo, entendiendo que cuidar el cuerpo y la mente va de la mano con cuidar la tierra y a todos los seres que la habitan.
Emprender desde la maternidad
Uno de los pilares de su proyecto es la flexibilidad. Francisca ha construido su trabajo en función de sus tiempos como madre, en un equilibrio que reconoce tanto las dificultades como las oportunidades.
“Me siento afortunada de poder acompañar a mis hijas, de estar presente en su día a día”, señala, consciente de que no todas las mujeres cuentan con esa posibilidad.

Sin embargo, también enfrenta desafíos importantes: la inestabilidad económica propia del emprendimiento, la falta de redes de apoyo y las dificultades externas que afectan su trabajo, desde condiciones climáticas hasta conflictos con espacios donde realiza sus actividades.
Reinventarse constantemente
Hoy, su proyecto continúa evolucionando. Durante los meses de invierno —cuando las caminatas disminuyen— ha comenzado a diversificar su oferta con talleres de journaling, masajes terapéuticos y productos asociados al bienestar, como guateros de semillas y aceites naturales.
Además, proyecta la realización de retiros para mujeres, ampliando su propuesta hacia experiencias más profundas de conexión personal.
“Siempre estoy pensando en cómo reinventarme, en cómo seguir aprendiendo”, comenta.

Su trabajo también se vincula con una forma de activismo cotidiano, promoviendo prácticas más conscientes, el respeto por los ecosistemas y una manera de habitar el mundo más ética, sensible y conectada con la vida en todas sus formas.
Un camino sin receta
La historia de Francisca refleja algo que resuena profundamente con los tiempos actuales: no existe un único camino hacia el bienestar. Cada proceso es distinto, personal y muchas veces no lineal.
En un mundo que exige respuestas rápidas, su propuesta invita a lo contrario: detenerse, escuchar y volver a lo esencial.
Porque, como ella misma ha descubierto, a veces el verdadero cambio comienza cuando dejamos de buscar afuera y empezamos a reconectar con lo que ya está dentro, y también con el entorno que nos sostiene, cultivando una vida más consciente, respetuosa con la naturaleza y con todos los seres que la habitan.
Te interesa conocer más acerca del trabajo de Francisca; síguela en https://www.instagram.com/unidasentribu/



