Con materiales reciclados y sin fines de lucro, este proyecto ha permitido crear espacios de cultivo terapéuticos en escuelas, centros comunitarios y organizaciones sociales, promoviendo la sostenibilidad, la educación ambiental y el trabajo colaborativo.
¿Qué pasaría si unos pallets en desuso, restos de ramas y hojas secas pudieran convertirse en un huerto capaz de mejorar la calidad de vida de toda una comunidad? Esa es la premisa de Compost Garden, una iniciativa nacida en la Región del Biobío a cargo del ingeniero Marcelo Romero quien demuestra que la economía circular también puede sembrar salud, aprendizaje y participación ciudadana.

Impulsado por Servipupri y desarrollado junto al Consejo Asesor de la Seremi de Salud, el proyecto busca instalar huertos comunitarios orgánicos con enfoque terapéutico, construidos íntegramente con materiales reutilizados y destinados a organizaciones que no cuentan con recursos para acceder a este tipo de iniciativas.
«Nos preguntamos qué estábamos aportando realmente a la sociedad y de ahí surgió Compost Garden. Queríamos llegar a aquellas organizaciones que siempre quedan fuera de los fondos concursables y ofrecerles una alternativa concreta», explica su creador.
Un huerto que también es una compostera
La innovación del proyecto está en su sencillez. Un Compost Garden combina una compostera y un huerto elevado utilizando pallets reciclados, cartones, restos de poda, hojas y materia orgánica, sobre los que posteriormente se incorpora una capa de tierra para comenzar el cultivo.
El sistema no solo permite aprovechar residuos que normalmente terminarían en un vertedero, sino que además reduce considerablemente los costos de implementación.

Pero el objetivo va mucho más allá de producir hortalizas.
Cada huerto contempla capacitaciones en compostaje, producción de plantas y manejo comunitario, convirtiéndose en un espacio educativo, terapéutico y de encuentro para quienes participan.
La voluntad como principal requisito
A diferencia de otros programas, Compost Garden no selecciona a las organizaciones según criterios económicos o administrativos.
El factor decisivo es el compromiso de la comunidad.
«Siempre decimos que la voluntad está sobre todas las cosas. Si vemos que una organización comienza a reunir los pallets, consigue los materiales y se organiza, sabemos que ese proyecto tendrá continuidad», comenta.
Ese compromiso ha permitido desarrollar experiencias exitosas en establecimientos educacionales, centros comunitarios, hogares de adultos mayores, centros de rehabilitación e incluso en comunidades rurales.

Mucho más que un huerto escolar
Uno de los primeros proyectos se implementó en la Escuela Buena Esperanza de Curanilahue, donde estudiantes, docentes, asistentes de la educación y apoderados participaron activamente en la construcción del espacio.
El huerto pasó a formar parte de las actividades pedagógicas, transformándose en una herramienta para el aprendizaje interdisciplinario y la educación ambiental.
Posteriormente, la experiencia se replicó en el Centro Comunitario de Cuidados de Curanilahue, donde personas cuidadoras y usuarios encontraron en el trabajo con la tierra una actividad que favorece el bienestar emocional y la integración social.
«La posibilidad de que alguien simplemente vaya al huerto para sentirse mejor ya es un gran logro», señala.
Una red que sigue creciendo

Actualmente, el proyecto busca ampliar su alcance mediante alianzas con empresas e instituciones. Una de las iniciativas en desarrollo contempla reutilizar pallets donados por empresas para construir nuevos huertos en establecimientos educacionales, generando un impacto ambiental y social al mismo tiempo.
Además, se mantiene abierta una convocatoria para que agrupaciones comunitarias puedan postular a nuevos Compost Garden, fortaleciendo una red que ya ha inspirado a muchas personas a replicar el modelo en sus propios hogares.
Sembrar comunidad

Aunque la iniciativa no persigue fines de lucro, quienes la impulsan reconocen que el mayor retorno no se mide en dinero.
«Claro que genera costos, pero también entrega una satisfacción enorme. Ver cómo una comunidad se organiza, aprende y produce sus propios alimentos vale mucho más que cualquier ganancia económica», concluye Marcelo Romero.
En tiempos donde la sostenibilidad dejó de ser una opción para transformarse en una necesidad, Compost Garden demuestra que las soluciones más efectivas muchas veces nacen de ideas simples: reutilizar lo que otros desechan, cultivar en comunidad y volver a conectar con la naturaleza.



