Entrevista a Julio Henríquez Munita: Los fantasmas de la memoria y la ciudad

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Por Carla Figueroa Q.

Es uno de los últimos días del verano de 2025 y el calor todavía se aferra a la tarde en Ñuñoa. Aun así, la Biblioteca Municipal Gabriela Mistral comienza a llenarse con lentitud constante: más de sesenta personas se acomodan en las sillas dispuestas frente a una mesa amplia donde descansan varios ejemplares de Cazafantasmas y otros relatos (Simplemente Editores)(*), el más reciente libro de Julio Henríquez Munita.

No se trata únicamente de un lanzamiento editorial. Hay algo más cercano a una reunión de lectores habituales, de talleristas, de amigos y cómplices literarios que reconocen en la escritura de Henríquez una zona de tránsito entre lo íntimo y lo colectivo.

Ingeniero civil industrial de formación, con magíster en Literatura en la Universidad de Chile y un máster en Escritura Creativa por la Universidad de Sevilla, Henríquez ha construido una obra donde el tiempo no avanza en línea recta y los recuerdos no son certezas, sino presencias que regresan bajo otras formas. Cazafantasmas y otros relatos, su quinta publicación y segunda incursión en el género del cuento, vuelve sobre esas obsesiones: las huellas autobiográficas, la ambigüedad como estética y la escritura como espacio de exploración.

En medio de esa tarde calurosa, antes de que comiencen las lecturas y los comentarios, conversamos con el autor sobre los fantasmas que persisten y la memoria como territorio movedizo.

1. En Cazafantasmas y otros relatos, el título sugiere una relación directa con aquello que persiste, que vuelve, que no termina de irse. ¿Qué fantasmas —personales, sociales o culturales— te interesa cazar con la escritura?

Es interesante la pregunta desde la premisa. Sin embargo, en honor a la verdad, el título del volumen de cuentos iba a ser otro: Autoficción y otras medias verdades. Cuando finalmente decantó en el de Cazafantasmas y otros relatos, me di cuenta de que las trazas autobiográficas que aparecen en mis cuentos, más que memorias o recuerdos, eran fantasmas que necesitaba exorcizar. Sin ser el objetivo primigenio de mi escritura, hubo en ello un aspecto terapéutico que hoy agradezco y que no deja de sorprenderme.

2. A lo largo de tu obra, la memoria aparece como un territorio inestable, fragmentado, a veces engañoso. ¿Crees que escribir es una forma de resistirse al olvido o más bien de dialogar con él?

Yo creo que dialogar con él. La escritura, particularmente la de carácter autobiográfica, es una forma de resignificar el pasado, darle un sentido con los ojos del presente; incluso sin ser consciente de ello. En el caso de la ficción pura, si es que tal cosa existe, la memoria aparece como un espacio de posibilidades para el autor: realidades que no ocurrieron de hecho, pero que, en el territorio de la imaginación, coexisten de forma paralela.

3. El tiempo en tus libros no suele avanzar de manera lineal: se bifurca, se enreda, se detiene. ¿Cómo concibes el tiempo cuando escribes ficción?

Como introducción a la respuesta, tendría que decir que el tiempo es una variable que va unida al espacio. No es algo que señale yo. Lo dice la física posnewtoniana. Algo que en literatura teorizó Bajtín con su concepto de cronotopo. Bajo este paradigma, a la hora de escribir, miro el tiempo como espacio y viceversa. Un pueblo, una ciudad son inseparables del tiempo experiencial que sus personajes habitan. La famosa frase de la película Casablanca: «Siempre tendremos París» ejemplifica lo anterior. Desde ese sentido, como autor tengo la prerrogativa de contarle al lector la historia de forma cronológica o fragmentada. Y en esa decisión influirá el espacio asociado, que me susurrará por dónde comenzar.

4. En obras como Antes del Leteo y Laberintos del presente, lo fantástico no irrumpe de forma estridente, sino que se filtra en lo cotidiano. ¿Por qué te atrae más sugerir lo extraño que mostrarlo abiertamente?

Porque lo aprendí de Borges y Cortázar. Cortázar, en particular, no hacía diferencia entre lo cotidiano y lo fantástico. Sus cuentos habitan en las fronteras de ambos mundos, una zona liminar. Borges, por su parte, hablaba de la religión como una rama de la literatura fantástica, lo que quizás signifique que nuestras creencias también poseen algo de fantástico, mas no por ello dejan de ser reales. En mi caso, creo que la vida está plagada de acontecimientos que no tienen una explicación racional; son parte de nuestra cotidianidad. Vivimos con esa ambigüedad, con esas incertidumbres. No veo entonces por qué la escritura debiera plantearse de forma diferente.

5. Muchas de tus historias dejan al lector en una zona de duda: no queda del todo claro si lo que ocurre pertenece a lo real o a lo imaginado. ¿Qué valor tiene para ti esa ambigüedad?

Para mí el valor es estético. El arte, según Aristóteles, intenta representar la realidad —no una mera copia de ella, por cierto—, sino la versión verosímil que el artista pueda elaborar; lo que él llama «mímesis». Entonces, si la vida está repleta de ambigüedades, ¿por qué mi escritura debiera ser distinta?

6. La primera piedra reúne relatos donde ya se percibe una preocupación por la forma y el pulso narrativo. Mirando ese libro con distancia, ¿qué reconoces hoy de ese escritor que empezaba?

En ese Julio de hace casi treinta años, me reconozco en las mismas preguntas que por entonces me hacía. Hoy continúo intentando responderlas desde la escritura y la lectura. Quizás ahora soy más maduro, tengo más oficio y soy consciente de que aquellas interrogantes me seguirán habitando hasta el final de mi vida. Y sí, también sé que no lograré responderlas, pero disfruto el viaje.

7) Después de recorrer varios libros y distintas formas narrativas, ¿qué sigue siendo para ti el mayor misterio de escribir?

Enfrentarme a la página en blanco.

(*) «Cazafantasmas y otros relatos» está disponible en las principales librerías del país.

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