La fiebre por la proteína: cuando comer saludable también se convierte en una moda

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Hay palabras que, de un momento a otro, parecen instalarse en todas partes. Hace algunos años era “light”. Después llegaron “detox”, “sin azúcar”, “alto en fibra” y “superalimentos”. Hoy, una de las palabras que domina las góndolas de supermercados, las redes sociales y las conversaciones sobre alimentación es proteína.

Y no es casualidad.

Yogures con proteína, barras proteicas, cereales enriquecidos, panes con proteína, bebidas, postres e incluso snacks que prometen aportar una dosis extra de este nutriente. La industria ha encontrado en la proteína un nuevo argumento de venta y los consumidores, muchas veces, hemos asumido que si un producto dice “alto en proteína”, automáticamente es una opción saludable.

Pero la pregunta que deberíamos hacernos es otra: ¿realmente necesitamos consumir tanta proteína?

La respuesta, como suele ocurrir en nutrición, es bastante menos sencilla que la publicidad.

La proteína es indispensable. Participa en la formación y reparación de tejidos, contribuye al mantenimiento de la masa muscular y cumple funciones esenciales en el organismo. No se trata, por tanto, de un nutriente que debamos evitar. El problema aparece cuando convertimos una necesidad nutricional en una obsesión.

Para un adulto sano, la recomendación mínima ampliamente utilizada es de alrededor de 0,8 gramos de proteína por kilogramo de peso corporal al día, aunque las necesidades pueden variar según la edad, actividad física, composición corporal y otras condiciones.

Y aquí aparece la primera contradicción de la moda proteica: muchas personas que consumen productos “high protein” probablemente ya estaban cubriendo sus requerimientos a través de su alimentación habitual.

Entonces, ¿por qué sentimos que necesitamos agregar más?

La proteína como nuevo sello de “saludable”

Parte de la explicación está en cómo funciona el marketing alimentario. Una etiqueta que destaca “20 gramos de proteína” parece entregar inmediatamente una señal de calidad nutricional.

Pero un alimento no se vuelve saludable simplemente porque tenga más proteína.

Un producto puede aportar proteína y, al mismo tiempo, contener grandes cantidades de azúcar, grasas saturadas, sodio u otros ingredientes que deberían considerarse antes de decidir si realmente es una buena alternativa.

Harvard Health ha advertido precisamente sobre esta tendencia: podemos obtener la proteína que necesitamos a través de alimentos convencionales como pescado, huevos, lácteos, legumbres, frutos secos, semillas, tofu y carnes, sin que sea indispensable recurrir a barras o suplementos.

El problema es que hemos comenzado a mirar la alimentación casi como una planilla Excel: tantas calorías, tantos gramos de proteína, tantos carbohidratos. Y en esa obsesión por alcanzar un número podemos terminar olvidando algo mucho más importante: la calidad y variedad de nuestra alimentación.

Más no siempre significa mejor

Existe una idea instalada especialmente en el mundo del fitness: si una cantidad de proteína es buena para los músculos, una cantidad todavía mayor necesariamente será mejor.

La evidencia no es tan contundente.

Las necesidades de una persona que realiza entrenamiento de fuerza intenso pueden ser superiores a las de alguien sedentario. También pueden existir requerimientos particulares en personas mayores o en determinadas situaciones. Pero eso no significa que todas las personas necesiten comer como un deportista de alto rendimiento.

Además, cuando aumentamos demasiado un nutriente, inevitablemente desplazamos otros alimentos de nuestra dieta. Una alimentación obsesionada con la proteína puede terminar dejando menos espacio para frutas, verduras, cereales integrales, legumbres y otras fuentes de fibra y micronutrientes.

Y ahí está la paradoja: podemos estar comiendo “más saludable” en apariencia y, al mismo tiempo, estar construyendo una alimentación menos equilibrada.

El verdadero debate no es proteína sí o proteína no

Quizás necesitamos dejar de discutir cuánto debemos aumentar la proteína y comenzar a preguntarnos de dónde la estamos obteniendo.

No es lo mismo construir una alimentación basada principalmente en pescado, legumbres, frutos secos, semillas, huevos y otros alimentos poco procesados, que convertir la dieta en una sucesión de productos ultraprocesados que llevan la palabra “proteína” en letras grandes.

La calidad importa.

De hecho, Harvard destaca que las fuentes vegetales y el pescado están asociadas a perfiles de salud más favorables que una alimentación basada en grandes cantidades de carnes rojas.

También debemos recordar que comer proteína no construye músculo por sí solo. El músculo necesita estímulo, recuperación y alimentación adecuada. Una persona puede beber batidos proteicos todos los días, pero difícilmente obtendrá los resultados que busca si no existe actividad física y entrenamiento acorde a sus objetivos.

Quizás necesitamos menos obsesión y más equilibrio

La fiebre por la proteína dice mucho de nuestra relación actual con la alimentación. Queremos soluciones rápidas, productos funcionales y etiquetas que nos indiquen qué debemos comer.

Pero comer bien no debería convertirse en una competencia por alcanzar la mayor cantidad posible de un determinado nutriente.

La proteína es necesaria. Más proteína no necesariamente es mejor. Y para muchas personas, probablemente tampoco sea necesario comprar un producto especial para obtenerla.

Quizás la verdadera tendencia que deberíamos recuperar es bastante menos sofisticada: comer variado, preferir alimentos poco procesados, incorporar frutas, verduras y legumbres, elegir buenas fuentes de proteína y mover nuestro cuerpo.

Porque la alimentación saludable no debería medirse por cuántos gramos de proteína promete un envase, sino por qué tan equilibrada es nuestra alimentación completa.

Y tal vez esa sea la idea que más necesitamos recordar en tiempos de etiquetas, influencers y nutrientes de moda: nuestro cuerpo necesita nutrientes, no tendencias.

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