Diariamente en nuestra consulta se repite una realidad silenciosa, llegan mujeres contándonos, con culpa, que arrastran semanas con un cansancio que no se quita con nada debido a las múltiples tareas que deben cumplir en sus vidas, los hijos, el trabajo, las cuentas, conflictos personales que les roban la paz. Y en medio de ello, sin darse cuenta, un día notan que algo cambió: ya no hay deseo sexual. No es falta de amor, ni que ya no haya atracción por tu pareja; es simplemente una ausencia total de deseo, un vacío que asusta.
Como matronas, lo primero que les decimos es algo fundamental: lo que sienten es completamente válido y no están solas en esto. El estrés crónico, ese acompañante invisible que cargamos a cuestas durante meses o años, tiene un impacto directo y profundo en nuestra salud sexual que muchas veces ignoramos. Pero cuando entendemos la biología de nuestro cuerpo, dejamos de castigarnos y empezamos a sanar.
Desde la perspectiva clínica, la explicación es clara: tu cuerpo está en modo supervivencia. Cuando vives bajo un estrés constante, el organismo interpreta que estás en peligro. Nuestro cuerpo libera cortisol, la hormona del estrés, de manera sostenida. Y bajo el reinado del cortisol, la sexualidad deja de ser una prioridad.

Piénsalo desde la evolución, hace miles de años, ante un depredador el cuerpo concentraba toda su energía en huir para salvar la vida, la reproducción podía esperar. Hoy no corremos de animales salvajes, pero el cuerpo responde igual ya que destina todos sus recursos a mantener las alertas encendidas y relega las funciones no vitales para la supervivencia inmediata, como el deseo sexual.
A esto se suma el impacto emocional. La intimidad y el placer requieren presencia, requieren «estar”. Pero en un estado de alerta constante, la mente habita en las preocupaciones de la familia, la casa, el trabajo o en las discusiones del día anterior. El cerebro se mantiene vigilante para anticipar lo que podría salir mal, distanciandonos de nuestro propio cuerpo y nuestras parejas. Es ahí donde aparece la ansiedad por rendir, la culpa y el distanciamiento, transformando la intimidad en una obligación más de la lista.
Tu sexualidad no es un lujo, un capricho ni la última tarea de una lista infinita, es el reflejo más fiel de cómo te estás cuidando por dentro. Priorizar tu placer y tu derecho a desconectar no es egoísmo, es un acto de amor propio. Si hoy sientes que no tienes energía ni ganas, recíbelo con amabilidad, quítate la culpa y abrázate en ese estado. Recuerda que está bien parar y cuando estés preparada existe un camino para volver a conectar contigo y con tu cuerpo, y el primer paso es simplemente recordar que tu bienestar lo merece.

Por: Saberes Matronas Concepción



