La artista Roxana Pincheira vuelve a exponer con una obra que explora la identidad, las raíces y los matices de habitar un territorio marcado por distintas culturas y experiencias.
“Mejor que pinte que hable”. La frase resume buena parte de la relación que Roxana tiene con el arte. Para ella, la pintura no es solamente una disciplina creativa, sino una manera de comprender lo que ocurre a su alrededor, procesar sus propias experiencias y comunicar aquello que muchas veces resulta difícil expresar con palabras.

Con esa mirada llega Huinca, una nueva exposición que reúne parte de un trabajo que, según explica la artista, también ha significado un proceso personal de ampliar la mirada sobre su propia identidad.
“Para mí la pintura es una forma de entender la vida, como yo voy digiriendo todo lo que va pasando. Pero aparte de eso, es mi lenguaje. Por eso siempre digo: mejor que pinte que hable, porque creo que me sale mejor la pintura que expresarme verbalmente”, cuenta.
Entre el blanco y el negro
El nombre de la exposición no es casual. Huinca, escrito con “H” y “C”, toma una palabra de raíz mapuche y la adapta, como una forma de tensionar precisamente las categorías con las que muchas veces intentamos definir nuestra identidad.
“Lo que descubrí de mí en este tiempo es que amplié la mirada. Esa mirada que uno tenía como dicotómica, como que todo era blanco-negro, mapuche-no mapuche, chileno-no chileno. Ahora se me amplió el matiz”, explica.

Desde ahí surge una de las preguntas centrales de su trabajo: ¿dónde se ubica cada uno?
La artista reconoce que su vínculo con la cultura mapuche está atravesado por su propia historia familiar y por el territorio en el que vive. Su apellido tiene origen mapuche y reside en Cañete desde 2015, pero también se reconoce como chilena.
Más que elegir una identidad por sobre otra, su obra parece instalarse precisamente en ese espacio intermedio, donde las raíces permanecen, pero las personas también cambian.
“Uno va teniendo las raíces, pero va avanzando, va mutando. Es dinámico”, señala.
Cañete y una nueva forma de mirar
Llegar a Cañete significó también enfrentarse a una forma de vida diferente. Venía de Concepción, una ciudad cercana geográficamente, pero mucho más acelerada.
“Es como impregnarse en una forma de vida distinta, donde los tiempos son distintos. Uno llega de Concepción, que si bien está al lado, es muy acelerado, y allá es más tranquilo. Me encanta estar allá. Me siento cañetina de corazón”, comenta.

Pero vivir en la zona también significó experimentar de cerca los efectos de la violencia rural.
Para ella y su familia hubo momentos de miedo e incertidumbre.Incluso llegó a pensar en abandonar el territorio, preocupada por el daño físico y emocional que esta situación podría implicar para sus hijos.
De aquella experiencia nació una de las historias que forman parte de la exposición. En uno de sus cuadros aparece el llamado “hombre polilla”, un personaje que inventó para tranquilizar a sus hijos cuando escuchaban disparos.
“Les decía que cerraran las ventanas y las cortinas porque, si no, venía el hombre polilla. En el fondo, era para que no nos vieran desde afuera, que no tuviéramos las luces encendidas y no fuéramos un blanco”, relata.
La anécdota, que podría parecer una historia infantil, terminó transformándose en una imagen cargada de significado: el miedo de los adultos, la necesidad de proteger a los hijos y las estrategias que construimos para convivir con situaciones que muchas veces no podemos controlar.

El arte como espacio de vulnerabilidad
La relación de Roxana con el arte también ha tomado un nuevo camino. El año pasado realizó un diplomado en arteterapia, experiencia que describe como una de las más significativas de su vida.
“Fue maravilloso, de verdad. No lo cambio por un viaje, ni siquiera a Europa”, dice entre risas.
La experiencia la llevó incluso a estudiar Psicología, motivada por la necesidad de comprender con mayor profundidad la responsabilidad que implica trabajar con personas a través del arte.
Para Roxana, pintar o crear puede abrir espacios de vulnerabilidad que requieren cuidado.
“El arte hace que uno quede más vulnerable. Entonces tengo esa responsabilidad de no llegar y tomármelo a la ligera”, explica.
Así, su trabajo artístico comienza a transitar por nuevos territorios: la identidad, la memoria, el miedo, las raíces y también la posibilidad de utilizar el arte como herramienta para acompañar procesos personales.

Lo que viene después de Huinca
La exposición continuará su recorrido. Durante octubre, Roxana se trasladará a Penco, donde participará en el encuentro De los Mundos, en el Café Galería.
La elección de las fechas tampoco es casual. Septiembre, asociado a la identidad nacional, y octubre, con su carga histórica vinculada al encuentro de culturas, dialogan directamente con el concepto de Huinca.
Después vendrán nuevos proyectos y, probablemente, una nueva exposición. Porque si algo queda claro al conversar con Roxana es que su obra no busca entregar respuestas definitivas. Más bien, abre preguntas. Preguntas sobre dónde nos ubicamos, qué significa pertenecer, cuánto pesan nuestras raíces y cómo vamos cambiando con el paso del tiempo.
Quizás por eso la pintura funciona para ella como un lenguaje tan poderoso: porque permite habitar los matices que las palabras, muchas veces, intentan convertir en blanco o negro.




