Todas guardamos en la memoria algún momento de la infancia donde sufrimos un “accidente”. Un manchado imprevisto que traspasó las barreras de nuestra ropa, quedando expuesto ante el entorno. En ese instante, muchas experimentamos la vergüenza más grande de la niñez: sentirnos juzgadas, vulnerables a la burla o al comentario ajeno, sobre todo si nadie nos había advertido que ese proceso, tarde o temprano, iba a llegar.
Qué difícil es asimilar a una corta edad que este ciclo nos acompañará durante al menos cuarenta años de nuestras vidas. Pareciera que, socialmente, las mujeres cargamos con el mandato invisible de hacer que este proceso fisiológico pase lo más desapercibido posible para no incomodar al resto ni a nosotras mismas. Pero ¿nos hemos cuestionado de dónde viene este tabú menstrual?
La realidad nacional respalda este sentir. Una reciente radiografía sobre la mujer chilena y su salud menstrual, realizada por el Sernameg, revela cifras que encienden las alarmas: casi un 40% de las estudiantes en edad escolar ha dejado de asistir al colegio mientras menstrua. Estamos hablando de que casi la mitad de un aula de clases se ausenta de sus establecimientos educacionales en la región y el país por este motivo.

Frente a esto, nos cabe preguntar: ¿qué está pasando con nuestras niñas y jóvenes? ¿Será que estamos normalizando el dolor en los ciclos? ¿O es que la sociedad nos ha hecho sentir tan juzgadas que preferimos el aislamiento antes que exponernos a la crítica?
A esto se suma que un 16% de las encuestadas confesó que jamás ha consultado con un profesional por temas de salud menstrual. Vivimos en una época donde menstruar en Chile no solo significa lidiar con el estigma, sino también con un alto costo económico en productos de gestión íntima. Sin embargo, muchas mujeres aún no accionan sus cuidados, muchas veces por desconocimiento de que existen espacios de apoyo.
Es aquí donde nuestro rol cobra sentido. A menudo se piensa que las matronas y matrones solo estamos para prescribir anticonceptivos o acompañar los nacimientos en las maternidades de nuestros hospitales y clínicas. Pero nuestra labor va mucho más allá: estamos para educar, orientar y transformar la menstruación en una vivencia libre de dolor y vergüenza.
Acompañar la salud menstrual es derribar mitos y abrazar nuestra ciclicidad como un proceso fundamental que merece ser reconocido y respetado, partiendo por las nuevas generaciones que hoy crecen en nuestras comunidades.
Ojalá este sea el punto de inicio para reconciliarnos con nuestra sangre, entendiéndola como parte de nuestra ciclicidad y vitalidad, y jamás como una enfermedad o un motivo de ocultamiento.



